Monotonía

Sé que soy una quejica, me lo repito todas las mañanas, mientras ejecuto las mismas acciones sin pensar siquiera en ellas. No debería quejarme por tener una vida ordenada, pero el orden y yo somos incompatibles.

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La monotonía me abruma, me desespera, me paraliza.

Sé que soy una quejica, me lo repito todas las mañanas, mientras ejecuto las mismas acciones sin pensar siquiera en ellas. No debería quejarme por tener una vida ordenada, pero el orden y yo somos incompatibles.

Suena el despertador, odio ese sonido, lo cambio cada equis tiempo, pero vuelvo a odiarlo y lo vuelvo a cambiar. El sonido de la rutina, el sonido que marca una pauta continua e incesante de monotonía.

De lunes a viernes la misma historia. Te levantas, desayunas, coges una infinidad de transportes, trabajas durante demasiadas horas, vuelves a coger otra cantidad ingente de transportes, haces algo que de verdad te apetezca, si tienes tiempo y ganas, duermes y el ciclo vuelve a empezar a la mañana siguiente.

Actividades mecánicas unas tras otras. Las mismas caras, las mismas conversaciones, las mismas inseguridades, las mismas ganas de huir.

Huir de la rutina y buscar esa necesidad urgente de despertarte sin saber qué te deparará el día. Sentir el vértigo de la incertidumbre y no el vacío de la invariabilidad.

Frío

En Madrid empieza a hacer frío, 
ese que te cala por dentro, 
que lo enfría todo,
que lo ahoga todo. 

En Madrid ya hace frío, 
pero mi casa lleva un tiempo fría, 
congelada. 

Los meses no pasan, 
las horas se hacen imposibles, 
el silencio es ensordecedor. 

En Madrid hace frío y mi alma está helada, 
te fuiste y no volverás. 

Cómo un tubo se creyó Dios

Vamos a partir de una base clara: amo a Amélie Nothomb. Si convierte a un bebé de dos años en tubo que elige ser un tubo y que se cree Dios, mi amor se dispara. Y si Metafísica de los tubos es, además, una novela autobiográfica, pues ya no os digo más. 

Con esto como base de todo lo que os voy a contar a continuación, empiezo. La protagonista nace y decide llevar una vida vegetal o, como ella misma relata, la vida de un tubo. Permanece inerte y se alimenta porque la alimentan, no porque ella quiera. 

Pese a tener una vida de tubo genera una inteligencia, una comprensión de su alrededor mucho mayor que la de muchos adultos, pero prolonga su letargo durante dos años. Entonces, aparece una barra de chocolate blanco para hacerla renacer. 

En esta segunda etapa de su vida deja de ser un tubo para convertirse en Dios. Siente que la humanidad, o Japón que es donde nació y todo su contexto, tiene que adorarla, que la gente por la calle debe venerarla, que su sólo existencia debe ser celebrada. 

Sin embargo, no todo gira en torno a nuestro tubo/Dios, sino que también nos muestra la cultura japonesa de la que ella se ha alimentado en su infancia. Una cultura impactante y bella, que con esmero Nothomb deja entrever entre los distintos pasajes. 

Hablar era un acto tan creativo como destructivo


Metafísica de los tubos. Amélie Nothomb

PD: Nacer por obra y gracia del chocolate blanco me parece de una genialidad extraordinaria. 

¿Nos tomamos un café?

¿Y si tú y yo nos tomamos un café?

El café es la infusión de la semilla tostada y molida del cafeto,
una simple bebida que no sencilla.

Un buen café amargo y oscuro puede ser el mejor actor secundario de algunas de las historias más dulces, mientras que un espumoso café puede ser testigo de miles de lágrimas.

Millones de conversaciones, de comienzos y finales se desarrollan alrededor de una de estas tazas.

Caricias, miradas, sonrisas y confidencias aderezadas por su aroma tostado y espaciado.

Encuentros furtivos y suspiros ensoñadores mientras las últimas gotas de café caen en la vasija.

Multitud de cosas pueden pasar, y pasan, alrededor de una inocente taza de café.

¿Y si tú y yo nos tomamos un café?